La Paciencia y los Niños de Hoy

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La Paciencia y los Niños de Hoy

Nací en 1972, una década distinta. Eran tiempos en los que sabíamos andar con paciencia en la vida para alcanzar nuestras metas. Recuerdo claramente que escribía cartas y disfrutaba llevarlas a pie al correo; tomaba muchos días para que llegaran a su destino, y algunos más para tener una carta de respuesta, pero sabíamos esperar.

Luego de fotografiar las 24 o 36 vistas de un rollo fotográfico, sin saber si eran buenas fotos, las mandábamos a revelar a algún laboratorio, para días después recoger el sobre amarillo conteniendo las fotografías. Una a una las mirábamos, cogiéndolas con delicadeza para no malograr la imagen. Esa ilusión fusionada con ansiedad al disfrutar cada foto, nos llenaba de sublime y paciente alegría. Las series de televisión, como Marco y su mono Amenif, las disfrutábamos cada domingo por la noche, sabíamos esperar siete días para ver un nuevo capítulo, y la serie completa duraba meses, o quizás menos, pero mis recuerdos de niño me traen la idea de que era un tiempo largo. Teníamos sólo tres canales, el 4, 5 y 7, era en blanco y negro, y un televisor por hogar era más que suficiente para repletar nuestra fascinación.

Caminábamos cuadras y cuadras para llegar a visitar a los amigos, y las charlas en el patio de la escuela, o de algún parque, duraban horas de paciente y pausada palabra. Al conocer a una chica, te tomabas semanas y hasta meses para conocerla, para acercarte y encontrar las maneras de hacerle saber lo que sentías. Esa espera del primer beso, o de la primera vez tomando su mano, nos llenaba de angustiosa y placentera ilusión. En las fiestas bailábamos durante horas para casi al final bailar el par de canciones “lentas” que soltaban, disfrutando el abrazo, la cercanía, la complicidad sana, la pureza de la adolescencia avanzando a una velocidad paciente y pausada.

Leíamos libros enteros, página a página, y mi mente de niño volaba por el universo con cada nueva aventura. Jamás iba hasta la última página para conocer el final, pues eso no tenía sentido. Desde la primaria visitaba la biblioteca del Colegio, donde la Señorita Roca, para leer algún libro que me disipara algunas de las decenas de dudas que cada día mi mente de niño me traía. Recuerdo los libros de astronomía, geografía, historia, ciencia, biología, etc., que poco a poco y con paciencia, fueron enriqueciendo mi cultura, a través del esfuerzo y la dedicación. No era fácil conseguir información, costaba trabajo, pero lo hacíamos… y esperábamos, y a nuestro ritmo, avanzábamos. Mi padre fue siempre, y lo sigue siendo, ese libro interminable para aprender, a través de largas y pacientes charlas, todo lo que necesitaba saber. Sentado a su lado, lo escuchaba por horas y aprendía con cada palabra, aún en los silencios.

Los “Apagones” de los años 80´s nos enseñaron a conversar con la familia bajo la luz de velas o de algún lamparín de kerosene. Rodeando a mi abuela pasábamos horas enteras intercambiando sonrisas y entendiendo que el tiempo es más grande cuando se vive despacio, y se disfruta más, y se vive mejor. “Quien esperar puede, alcanza lo que quiere”, decía Don Nicomedes Santa Cruz en un comercial de televisores blanco y negro Phillips, que mi mente de infante grabó para siempre, y lo hizo su refrán supremo.

Actualmente vivimos la inmediatez, la impaciencia, la velocidad a ritmos insospechados. Los niños se angustian por ver el siguiente capítulo tan pronto terminan de ver alguno. Los dispositivos táctiles despiertan en los bebés la sensación de que todo debe ser al instante, y sin siquiera tener la habilidad de usar la “pinza” en sus manitos, oponiendo el pulgar y el índice, habilidad que aparece aproximadamente a los nueve meses, los pequeños ya saben usar el dedo para activar los celulares y tabletas; y cuando les ofreces cualquier juguete tratan de ampliar o digitar esperando una respuesta. Los álbumes de figuritas los llenábamos lentamente comprando los sobres uno a uno, la economía no daba para más… ahora los padres les compran a los niños 200 sobres y los pequeños llenan el álbum en tan sólo una hora, sin saber lo que significa cambiar cada día las figuritas con los compañeros.

Cancelamos un taxi porque llegó 5 minutos tarde, la pizza no la pagas si tarda 30 minutos, nos angustia esperar, nos desespera si no nos responden el WhatsApp al instante. Utilizamos los nuevos sistemas de entrega a domicilio de alimentos, obviando todo el proceso de preparación que antes hacíamos en casa y que formaban parte importante de toda reunión. Todo es por internet, todo va a mil por hora, todo corre, todo vuela… y sin darnos cuenta, a pesar de tener más tiempo, sentimos que nos falta.

Nos dicen todos los días que debemos ser pacientes con los niños. ¿Pero acaso nos preguntamos si estamos enseñando a nuestros niños a ser pacientes? ¿Les enseñamos a disfrutar las páginas de un libro? ¿Nos sentamos a conversar? ¿Les enseñamos que yendo lento se llega más lejos? ¿Les enseñamos que el camino es más importante que el destino? Queremos que caminen rápido, que sepan hablar antes que los demás niños. Queremos que aprendan tres idiomas en los nidos, que los estimulen, que aceleren los procesos del desarrollo para “ganar tiempo”, para poder hacer más y más cosas. Hablamos de percentiles, de curvas de crecimiento, de velocidades, de estímulos. Presionamos y presionamos para que nuestros niños avancen… y sin darnos cuenta, nos olvidamos de enseñarles a mirar al lado, justo ahí donde está ocultándose el sol, regalándonos ese color rojo de las nubes heridas por el sol. Nos olvidamos de enseñarles que el pasto huele riquísimo cuando recién fue cortado, y que recostarse en el suelo por horas es un placer que nadie debería dejar de lado. Nos olvidamos de enseñarles a despeinarse con el viento, a jugar por jugar, a reír por reír, y a vivir por vivir, por el simple placer de existir y de disfrutar los segundos como si fueran horas.

Puedes vivir toda una vida en un puñado de minutos, disfrútalos con calma, con paciencia, y enséñales a tus niños a valorar la espera, encontrando los espacios temporales para gozar la vida. Caminar antes de volar, pensar antes de hablar, entender antes de criticar, abrazar sin pensar en el final del abrazo, reír a carcajadas hasta que te duela la panza, comer con los cinco sentidos, creer… crear con las manos… bailar, saltar… y sobre todo, entender que los sueños son liberados cuando avanzamos despacio y nos damos el tiempo y la paciencia para ser felices.

Espero tengan un día lento de paciente armonía…

Gustavo Rivara D. MD. MSc.

Pediatra Neonatólogo & Puericultura

FUENTE:

– 47 años de paciencia…

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